Érase una vez un mundo en el que algunos querían se viviese de forma muy muy estúpida, muy muy egoísta, muy muy vulgar, muy muy triste y muy muy. Tan muy que no había más muy que añadir para explicar lo muy que era. Ese mundo era grande, pero nuestros protagonistas no lo vivían en todo él, sino en un rincón pequeñín. Se llamaba España, un lugar que pese a todos los muys aún resultaba agradable. Fuera de España muchos pensaban que sus habitantes estaban todo el día toreando, comiendo paellas  y echándose después una siesta que duraba toda la tarde. Luego bailaban flamenco. Bien, eso no era del todo cierto, pero como no viene al caso no perderemos palabras en explicarlo, porque además no por desmentir estos tópicos, los turistas dejarán de comprarse sombreros mejicanos cada vez que nos visiten. Además, se da la circunstancia de que nuestros protagonistas, nacidos en muchos sitios distintos de España, visitantes ocasionales e incluso residentes temporales en muchos lugares del mundo, se habían visto reunidos por casualidad en Barcelona, la ciudad que dicen es la menos ibérica de toda España. Y es que Barcelona, siempre vecina de Francia desde Carlomagno, no ha dado grandes toreros a la historia –Finito es de Sabadell pero se llama Finito de Córdoba y se entienden los motivos-, está habitada por personas muy responsables y metódicas que no echan la siesta y comen pan con tomate, una muestra muy clara del carácter humilde, práctico y concienzudo de los catalanes.

Pero bueno, que nuestros personajes vivían en Barcelona. La parte antigua de la ciudad está partida por una calle que parece la raya del pelo de Clark Gable en “Lo que el viento se llevó”. A los lados de la Rambla, que así se llama la calle, se abren dos barrios: el de la Ribera, antigua sede de los gremios artesanos, razón por la cual muchas de sus calles tienen nombre de oficios, y el del Raval, que antiguamente estaba fuera de las murallas siendo puro campo. En estos barrios de casas que se acercan tanto entre sí que parecen esconder sus pies al sol, en estos barrios de sabor antiguo que aún no habían visitado autobuses repletos de turistas, se movían un montón de músicos nómadas.

Marina, La Canillas, era uno de estos personajes. De ojos hermosos, no tanto por tamaño o color como por su viveza, y un aire de mujer nacida en el Magreb, en un poblado gitano de Rumania , Cádiz  o Valencia, Marina era una nómada sin camello. Y tenía arte. Dibujaba, hacía teatro y cantaba. Estaba llamada a ser una bruja de escenario.

También deambulaba por aquellos entonces pisos baratos del Raval y la Ribera un gitano en busca de músicos con los que compartir su música. Este sí que no tenía aspecto de ser de Boston o París. Ramón es gitano y de gitano tenía el aspecto, racial. Pelo negro como un agujero oscuro en una noche oscura y persistente costumbre de convertir en instrumento cualquier cosa al alcance de la mano eran, aún hoy lo son, sus señas de identidad. Si no tuviese manos haría palmas con los dientes. No hay manera de retener en el cuerpo de un gitano toda la música que lleva dentro.  Ramón siempre estaba junto a una guitarra.

Además había un señor -lo de señor es porque era el mayor y eso del respeto es importante- con cara de apache. Cabello largo y abundante recogido en una coleta, rostro de esos pensados para figurar en una moneda y manos que se habían ganado la vida percutiendo al servicio de decenas de proyectos musicales. El dueño de esas manos y de esa cara numismática era Xavi Turull.

Pero no crean ustedes que todo en aquel colectivo de músicos callejeros era pureza racial, caras de National Geographic. Sin ir más lejos había también un “mil leches”, un políglota de nacimiento fruto de padre francés y madre norteamericana  que pasó su infancia en una casa  visitada por decenas de artistas procedentes de mil lugares del mundo. Maxwell Wright, por supuesto Max, es el ciudadano de ninguna ciudad porque lo es de todas. Se puede sentir como en casa en lugares en los que cualquier otro se sentiría como un gaucho en  Wall Street. Max no.

Ah, y en aquel grupo de músicos apurando la ciudad había más nombres. Sin ir más lejos Panko: delgado, flaco, amojamado y enjuto, auténtica fisonomía del músico español.   Nacido en las mismas Ramblas se había ganado la vida sorteando zancadillas de aquí para allá, tocando en grupos diversos, vendiendo romero en mercadillos y resultó que una de sus virtudes de superviviente, hacer de pinchadiscos, le sumó a un proyecto que aún no tenía nombre. Corrían los finales años noventa.

Aquella algarabía de músicos, orígenes,  aspectos, tradiciones y gustos diferentes iba a llamarse Ojos de Brujo. Ustedes deben ya saber qué son Ojos de Brujo y lo que representan, pero hay historias que gusta repetir. Por ejemplo esa de aquellos duendecillos de la música que  aún en un mundo que algunos querían hacer feo llenándolo de rebuznos, seguían creyendo en la belleza. Este es el origen de aquel colectivo que dio forma a “Vengue” –duende en caló-, un primer disco condimentado en terrados soleados –los terrados de Barcelona son planos, rectangulares y siempre expuestos al sol del Mediterráneo-. Si usted, que lee esto, no sabe con qué canción quedarse de aquel disco, déjese llevar por el veredicto popular, que señaló a “Ná en la nevera” como uno de los temas más representativo. La canción comenzaba así:

 “Me levanto a media madrugá y tengo una jambre que no veas.Tropezando llego a la cocina, caña pa’l mechero y le doy a la vela ¡y una vela!¡y otra vela!. Tó pa ver que no hay ná en la nevera”

Madrugada y hambre, mundos cercanos a los músicos. De eso hablaba la canción, de la vida cotidiana de aquellos que no están acostumbrados a tenerlo todo o, mejor dicho, de aquellos acostumbrados a no tener casi nada. Eso era el primer disco de Ojos de Brujo, un disco callejero para ser escuchado en la calle o por los de la calle. Fue editado por una multinacional que como todas las multinacionales prometió mucho, salir entre los rebuznos de la radio también. Ellos, callejeros pero aún ingenuos, casi se lo creyeron.

Dirán ustedes que aún no ha quedado dicho a qué sonaba aquel primer disco. Bien, responderé que las palabras pueden ser cárceles cuando de acotar música se trata. O, probemos otra vía, ¿a qué creen que podían sonar canciones destiladas en fiestas de música y humo, hechas en casas sin puerta, cosmopolitas y raciales, destiladas por saltimbanquis del mundo sin nada que perder?. Llámenlo flamenco espurio, hip-hop aflamencado, rumba de ciudad, compás meridional, regusto a raíz antigua y profunda, música del alma. Palabras y palabros se usaron para definir aquello que no tenía más patrón que la libertad, más intención que compartir, más finalidad que la música en sí misma y el placer a ella asociado. ¿Hay una palabra para esto?. Muchas y ninguna.

Así fue el comienzo.

Y luego han pasado los años.

Que no es poco.

Y poco a poco nos fuimos dando cuenta de que el mundo estaba cambiando. La Barcelona de los años 2.000 ya no era aquella ciudad habitada por iguales que relataban los novelistas. Sí, entonces había pillos y enjoyadas, pero no la detonante disparidad de orígenes que ahora suda bajo el mismo sol. El pan con tomate convive con el falafel y los garbanzos no sólo se comen con chorizo.  Ya no somos iguales, otros han venido a cambiarnos el color de las calles y decirnos así que no hay nada inmutable, que nada existe puro, que todo está en permanente cambio, que sólo en la mezcla se abre el futuro. Porque la mezcla misma es el pasado. Ahora ya convivíamos entre diferentes.  Por fin.

Eso, que lo fuimos sabiendo poco a poco, mirando a nuestros vecinos franceses y alemanes, ingleses y suecos que ya antes habían pasado por ello , fue puesto en canción por  Ojos de Brujo. Ellos escribieron esa banda sonora del presente, de un presente con memoria que partía de una visión promiscua del flamenco, también de esa rumba catalana gitana y de ventilador.  Y le dieron forma con “Barí” –joya en caló-, un disco financiado por el propio grupo, convertido en responsable de sí mismo, en colectivo autogestionado y asambleario que había de velar por la viabilidad económica de un sueño que no quería vivir en un mundo feo. Y lo cantaban.

La sangre se me rebela cuando me pongo a pensar que aquí unos tienen de tó y que otros no tienen de ná!

Corría 2.002, y el tango y la soleá, la bulería y la rumba se fueron de copas con el funk, el reggae y el scratch mientras Marina cantaba “somos balseros remando hacia nuestra propia deriva”. Un estado de ánimo hecho canción que iluminó la ciudad entera, extendiendo su reflejo por toda Europa.

Fue aquella una época de días agotadores, de vida en carretera, conciertos exhaustivos y permanente agitación que cristalizó en premios como el BBC Award de World Music en 2.004 –premio chistoso para un grupo que nunca ha aceptado hacer tal clase de música-, o el reconocimiento de la Academia Española de la Música que distinguió al grupo con el Premio a la Mejor Gira en 2.005. En esa época el fulgor mediterráneo de la banda llegó hasta América, visitando Canadá, Méjico y  los Estados Unidos, semilla del Grammy que en 2.007  recibiría por “Techarí” –Grammy Latino a mejor álbum flamenco, paradójico galardón a un grupo que tampoco siente hacer flamenco en sentido estricto-. Fueron viajes sin fin donde llegaron a escuchar cosas tan asombrosas como el parte meteorológico que pautó el ensayo previo a un concierto en la Universidad de Yale: “les aviso que en 12 minutos y 34 segundos caerá un chubasco que durará 21 minutos exactos. Creo que sería aconsejable que paren sus ocupaciones y cuando pase la perturbación, tras las labores de secado del escenario, continúen las pruebas. Les aseguro que no volverá a llover hasta mañana a las 7 horas y 43 minutos”. Sin duda, otros mundos. Y se conocen viajando.

En esos viajes, los miembros de Ojos conocieron a músicos como Pepe Habichuela, Martirio, Raúl Rodríguez, miembros del grupo senegalés de hip-hop Daara J, el músico y productor Nitin Shawney, miembros de Asian Dub Foundation, el pianista cubano Roberto Carcasén, el trompetista Denys Hernández “el Huevo “, al violinista Rajinder Singh y  a la table de Satyajit Talwalkar. Con ellos y en el año 2.006 llegó “Techarí” -libre en caló- y los brujos volvieron a visitar el mundo. Era su disco más ambicioso, un puente tendido a múltiples amigos, colaboradores y espíritus libres conocidos en noches sin capitulación, el disco que les sirvió de pasaporte para volver a viajar con más rumbas que nunca.  En el hatillo había cuatro, una  quinta por tangos, una siguirilla-hop, una taranta, unas bulerías y unas alegrías y fandangos por soleá. Todo ello fusionado con funk, hip-hop, reggae, pop, banghra y drum & bass. Más vueltas de tuerca a la mezcla, más hierbas en la sopa, más raíz que triturar, más picante en el paladar. La máquina se había hecho grande y aún así supo sobrevivir con humanidad. De ello dio testimonio la siguiente entrega, disco en directo con dvd para atestiguar cómo lo que nació a los lados de la raya de Clark Gable llegaba a escenarios de medio mundo sin perder el norte.

El tiempo ha seguido pasando y ahora, hoy, Ojos de Brujo tienen un nuevo disco, “Aocaná” –ahora en caló-. Ha habido cambios en el grupo, han entrado y salido músicos, pero sus tripas siguen sonando igual. Y, lo que aún es más importante, la historia sigue siendo la misma, porque, como ellos mismos escribieron una vez: “esta es la historia de unos locos que pensaron que los sueños pueden perseguirse hasta encontrarse con ellos frente a frente”. En ello siguen, y así como los pueblos han viajado a lo largo de la historia siempre con su música a cuestas, la música sigue siendo el motivo del viaje de los Ojos de Brujo. Déjenles parar en su estación.

Luis Hidalgo. Periodista.

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